El Ser de Dios

Jorge Pradas

EL SER DE DIOS


YO SOY

Dios es tres personas: “...el Padre, el Verbo (el Hijo) [ Ju.1:1-18; 1° Jn.1:1; Ap. 19:13], y el Espíritu Santo; y estos tres son uno” (1° Jn. 5:7).

No es correcto decir: “Dios son tres personas”. Se debe decir: “Dios ES, tres personas”.

Cuando Dios le habla a Moisés para enviarlo a liberar al pueblo de Israel, le dice: “Yo soy” (Ex. 3:14), y ya le había dicho primero: “Yo soy el que soy”.

Esta es la declaración, y por tanto la revelación hacia el buen creyente, del misterio de la Santísima Trinidad. Misterio seguirá siendo para “el hombre natural que no capta las cosas que son locura, y no las puede conocer, porque se han de discernir espiritualmente” (1° Cor. 2:14), pero no para el creyente, el creyente espiritual, que eso debe ser el cristiano, aunque los haya que son carnales, porque... “el espiritual, en cambio discierne todas las cosas...” (1° Cor. 2:15). A éste, el enigma lo asombra y lo alboroza al saber que los pensamientos de Dios no se pueden comparar con los de los hombres (Is. 55:8), y en vez de tratar naturalmente los misterios de Dios, se alegra de que Dios le haya hecho administrador de esos misterios (1° Cor. 4:1) que sólo en la esfera del Espíritu se pueden discernir. Lo asombroso, entonces, del discernimiento espiritual, es que lo que no satisface a la lógica racional y humana, da paz y descanso al que vive espiritualmente pues, como ha quedado dicho, “discierne todas las cosas”, tanto las naturales como las espirituales.

El ser de Dios escapa a cualquier definición que se pueda expresar en el lenguaje humano.

“Ser” en lenguaje humano significa “principio”, “origen”, “naturaleza”. Nada de esto le cabe al Dios en tres personas en quien creemos. Pues su existencia no tiene principio ni fin y no se origina en nada: si la nada tuviera poder para crear, sería como Dios...pero la nada es nada. Por lo tanto, Dios no tiene ni principio, ni origen... Y tampoco podemos hablar de “naturaleza” pues Dios es un ser increado. El nombre de “Eterno” que se le da, así lo asegura.

En su esencia trinitaria, al Hijo se le adosa el título de “sacerdote según el orden de Melquisedec”. Y este no tiene principio ni fin (comp. Heb. 7).

Cuando Él mismo dice “Yo soy” se pone de manifiesto su incomparable personalidad.

 

1) Su ser increado.

En el capítulo 8 de San Juan se registra la disputa entre el Señor Jesús y los judíos "que le habían creído" (Juan 8:31).

Es interesante que nos detengamos un momento aquí, pues la conversación del Señor con estos judíos "creyentes" denota la diferencia abismal que hay entre un "creyente" y un discípulo: en el transcurso del diálogo se demuestra que estos "creyentes" eran como los demonios que "creen y tiemblan" (Sant. 2:19; Jn. 8:44).

La condición indispensable para ser un verdadero discípulo del Señor es permanecer en su Palabra. Y precisamente su Palabra era el tema de la discusión. El declararía nada menos que su existencia sempiterna.

El dechado de la verdad, la propia verdad, que es Jesucristo, declara, sin temor a las piedras que después intentarían arrojarle (Jn. 8:59) que "antes que Abraham llegare a ser: ‘Yo Soy’" (Jn. 8:58).

Los que creemos en su palabra nos regocijamos en lo que declara acerca de su increación, porque somos discípulos verdaderos. Los que arrojan las piedras sobre Jesús son los que habían creído en su moral, su ética y su enseñanza, hasta el límite de su mal llamada “religiosidad”... Otra vez se demostraba que la tradición aparecía para anular los mandamientos de Dios. (Mt. 15:6).

La declaración la aceptamos como veraz a todas luces, porque solamente por su gracia hemos sido elegidos como verdaderos discípulos. Si hay discípulos verdaderos, quiere decir que es posible que haya discípulos falsos, y esos discípulos falsos son los que no creen en la palabra que declara Juan 8 y pone en la boca del Señor Jesucristo la aseveración de "Yo soy".

"Si vosotros permanecéis en mi palabra seréis verdaderamente mis discípulos" (Jn. 8:31).

Uno de los principios fundamentales para honrar la persona de Dios es creer en esa declaración de su ser, aunque no se pueda describir en virtud de lo que hemos dicho más arriba: la nada es nada, y Dios es antes de la nada, tal como lo podemos entender en el comienzo de la Sagrada Escritura: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y VACIA” (Gen. 1:1-2).

Dios no es hombre. El ser del hombre tiene principio y, en su cuerpo pecaminoso, tiene fin. En el creyente, su fin es la muerte física; y en el reprobado, su final es un principio en la muerte segunda (Ap. 21:8).

La existencia y el ser de Dios, diferenciado del de los hombres, está en muchas partes de la Escritura: Os. 11:9; Nm. 23:19; Sal. 48:14; Is. 45:22; Mr. 10:27; Lc. 18:27; Hch. 17:23-25.

Los textos bíblicos en los que se ve claramente la aseidad de Dios, quizás los encontremos en el profeta Isaías:

“Yo soy el primero y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios” (Is. 44:6). Esta aseveración tiene eco en Col. 1:17 “Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas tienen consistencia en Él”.

Ese “PRINCIPIO” de Isaías, a la luz de lo que dice Pablo a los colosenses referente a Cristo, es un principio eterno. Por eso decimos que Isaías nos asegura la aseidad de Dios.

“¿Hay otro dios fuera de mi? No hay otra Roca; no conozco ninguna” (Is. 44:8).

“Yo soy Jehová, que lo hago TODO; que extiendo solo los cielos; que extiendo la tierra por mí mismo” (Is. 44:24).

“Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñí, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo soy Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo soy Jehová que hago todo esto” (Is. 45:5-7).

“Yo sé, yo hice la tierra, y creé sobre ella el hombre. Yo, mis manos extendieron los cielos, y mandé a todo su ejército” (Is. 45:12).

Por razones de espacio no seguimos transcribiendo los versículos, pero sé que ha de ser un buen ejercicio leer los próximos capítulos de Isaías hasta el sacrificio de Cristo como Dios Redentor.

LA FUERZA DE SU SER

Hay también una notable diferencia entre creer en Dios y sentir su presencia.

Si bien es cierto que “en su presencia hay plenitud de gozo” (Sal. 16:11), en su presencia hay una gran solemnidad que hace permanecer mudo al ser humano: “Calla en la presencia del Señor” (Sof. 1:7). No solamente eso, sino que tenemos en la Escritura pasajes que hablan de que en su presencia no puede uno mantenerse en pie: Daniel no pudo resistir la presencia del Señor ante su enviado, y cuando el enviado pronunció alguna palabra, dice el propio Daniel “caí desvanecido, con mi rostro en tierra” (Dan. 10:9). Ya le había ocurrido lo mismo cuando se le apareció Gabriel: “mientras él hablaba conmigo, perdí el conocimiento y caí en tierra sobre mi rostro” (Dan. 8:18).

Estos relatos que anteceden muestran lo que hemos querido decir: que ante la presencia de Dios, o de sus enviados en este caso, se demuestra la gran distancia que hay entre el hombre y la presencia divina.

La presencia de Dios tiene que ver con el ser de Dios, y cuando decimos que en su ser hay fuerza y poder es porque también la Escritura lo declara.

Hay por lo menos tres relatos en la Biblia que relacionan el ser con su presencia.

Ya hemos visto que sin ninguna declaración de su existencia Daniel no puede permanecer en pie ante la presencia de un ser celestial.

Pero los tres pasajes que queremos destacar de la Sagrada Escritura en que se muestra que ante la presencia de Dios el hombre pierde su dominio y su estabilidad, precisamente se refieren a cuando el mismo Señor declara que ÉL ES con la contundente exclamación de “Yo soy”.

En Juan 18:1-6 leemos que cuando fueron a arrestar a Jesús con la guía de Judas, al declarar la turba que buscaban a Jesús nazareno, ... “cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron, y cayeron en tierra” (ver. 6). No pudieron ser dueños de sí mismos ante la carta credencial sonora con que se identificó el Señor.

También en el camino hacia Damasco, el mismo Dios, Jesús, después de haber mostrado el resplandor de su gloria y su poder, hizo perder la estabilidad a Saulo de Tarso, quien de buenas intentó saber quién era que le decía: “Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues?” . Así, ante la pregunta de Saulo “¿Quién eres, Señor?”, el mismo Dios le contestó: “Yo soy Jesús”.

Su presencia es más que la que sienten los demonios que creen, y también tiemblan.

Destacamos lo relatado en Apocalipsis 1:12-18 “Y me volví para ver la voz del que hablaba conmigo; y al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su mano derecha siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando brilla en todo su resplandor.

Cuando le vi, caí como muerto a sus pies: y puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas, YO SOY el primero y el último; y el que vino y estuve muerto; mas ha aquí que estoy vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.”

La presencia de Dios se siente, pero no se ve. Si se viera no sería su presencia eterna, pues lo que se ve es temporal, y lo que no se ve es eterno (2° Cor. 4:18). Los sentimientos o los ‘sentires’ (si se acepta esta palabra), no son más importantes que la fe; pero la fe no es un simple creer intelectual o religioso.

Conozco a alguien en quien tengo plena confianza por su vida equilibrada, en su mente y en su espíritu, que tuvo en su propia habitación la presencia del Señor, invisible pero real.

La liturgia bien entendida no trae solamente solemnidad, sino la vivencia de la presencia de Dios.

En estos tiempos de renovación hay una gran discusión a favor y en contra de las emociones. Un exagerado énfasis a favor de ellos redundará en desequilibrio, lo cual es necesario evitar para no caer en el fanatismo...Pero la anulación total de su necesaria existencia hará del creyente un frío conocedor de verdades no experimentadas en una imprescindible coherencia.

Ahí es donde debe existir el balance, aceptando la presencia de las emociones en la presencia de Dios, pero ejerciendo un control sobre ellas. Siempre, cuando trato este tema, se me presenta en mi argumentación el control que tiene que haber en un aeropuerto para que los aviones no choquen entre sí, aun cuando estén volando.

La presencia de Dios no deja al ser humano en el rincón del escepticismo religioso, sino que le hace vivir una anonadación que muchos hombres de Dios, tanto en la Biblia como fuera de ella, han sentido... como Jeremías : un fuego irresistible en los huesos (Jer. 20:9).

Para tener la seguridad de que determinadas emociones provienen de la presencia de Dios, es necesario que la Escritura no las niegue. De esta forma, la lectura junto con la oración vívida nos llevará a aceptar que el conocimiento bíblico ha de ir acompañado del poder de Dios, tal como les dijo el Señor a los saduceos cuando les hizo ver su error por ignorar las Escrituras y el poder de Dios (Mar. 12:24). Podemos, entonces, sentir su presencia, y aún desplomarnos ante ella.

Guárdese el creyente, y sobre todo, el que tenga un ministerio de guiar al pueblo de Dios, de manipular lo que a todas luces es solemne y sagrado.

Jorge Pradas