Adorador o justificado

Sara de Solís

¿ADORADOR
O JUSTIFICADO?

            
La vida de Abraham fue extraordinaria, no en vano lo llamamos el “padre de la fe”. Su vida próspera, no tanto por los bienes materiales (que también las tuvo), sino por buscar los tesoros de arriba, todavía hoy nos habla muy de cerca al corazón.

Se enriqueció en Dios. Y ¿cómo lo sabemos?... porque siempre, adonde iba, levantaba un altar a Jehová. Su peregrinar por esta tierra no fue inutil: llegó a ser amigo de Dios. No se dice lo mismo de su sobrino Lot. La Biblia habla de éste como el “justo Lot”: un justificado. Pero de Abraham Dios llegó a decir: “¿Encubriré yo alguna cosa a Abraham?” ¡Qué tremendo! Qué hermosa y fluida relación entre ambos amigos. El Señor mismo hablaba con él y le comunicaba sus planes... No sucedía así con Lot.

 El altar que edificaba Abraham nos habla de dos cosas importantes, entre otras: por un lado allí se quemaba la carne del animal, se ofrecían sacrificios, y por el otro se quemaba  perfume de adoración.

Por lo tanto, dos características debe reunir aquel que vive en el altar: consumir su vida  como  leño y  exhalar un aroma grato al Señor.

El nivel de vida que había alcanzado Abraham, curiosamente, es el que Dios quiere para nosotros. No dice la Biblia que Él busque justificados, aunque haya aplicado la justicia de Cristo al creyente y le haya abierto la puerta a su reino.

La justificación es la declaración de parte de Dios que la pena del pecado ha sido ya pagada y quitada la culpa. Pero éste no es el propósito final del Señor, por glorioso que parezca. La razón de entrar a su reino es para glorificar su nombre ( Is. 43 : 7 ), y la manera más alta de hacerlo es la adoración, es decir, rendir obediencia, postrarse con humildad y devoción ante aquel que nos ha dado la vida: nadie más debe recibir esta adoración. 

Aquel que sólo está en el nivel del “justo Lot”, medianamente agrada al Señor : al menos ha sido lavado por su sangre... y éste es un valor importante, necesario, pero no el más alto.

Lamentablemente, hay muchos hermanos que se conforman con ser solamente justificados y viven contentos con su mediocridad espiritual. Les han presentado al Señor, pero lo conocen de lejos, de oídas, como expresa Job. No tienen un altar, y lo que es peor, no les importa. Temen el nombre de Dios, pero viven lejos de Él, sin mantener una comunión íntima, genuina, real... ¡qué triste!

 Algunos se equivocan pensando que el adorador es un místico que, poniendo los ojos en blanco, elude toda responsabilidad en esta vida, y esto de ninguna manera es así. Abraham era riquísimo en ganado, plata y oro, por lo tanto tendría mucho trabajo y suma responsabilidad cuidando aquellas posesiones. Ser adorador NO LO EXCLUÍA DE LO COTIDIANO, al contrario: sus pies estaban bien apoyados sobre la tierra, pero su corazón estaba en los cielos.

Cuando sucedió aquel incidente con su sobrino a causa de no haber suficiente tierra para el ganado de ambos rebaños, el adorador Abraham  no sólo PUSO PAZ (la Biblia dice: “bienaventurados los pacificadores”), sino que prefirió perder los mejores pastos de la llanura dejando elegir a Lot. El adorador no tiene altercados con sus hermanos, no tiene conflictos ni peleas, PORQUE SABE PERDER. Y le hubiera correspondido a él, el patriarca, elegir... Así y todo, dejó de lado su conveniencia y derecho, porque su corazón no estaba en sus bienes. Aquel proverbio que dice: “dame hijo mío tu corazón y miren tus ojos por mis caminos”, estaba cumplido en él. Aun teniendo la razón de su parte, actuó con humildad. Y Jehová habita con el quebrantado y humilde de corazón.

Qué marcado contraste hay entre un adorador y un justificado; éste último sólo se mueve por la vista de sus ojos, que por supuesto es muy corta y egoísta. Lot miró para sí y buscó su propio bien. Aquella fértil llanura del Jordán era, de acuerdo con sus parámetros, la mejor. Era lógico, ¡porque poco le importaba andar por fe! Para él, Dios era sólo su Salvador, no su amado.

El pastor Jorge Pradas en su libro: Quién es Jesucristo, explica maravillosamente los diferentes grados de relación con el Señor, y a la luz de esas páginas, Lot era un párvulo.

Además de mirar para sí, puso sus tiendas, sugestivamente, muy cerca de Sodoma y Gomorra, ciudades de pecaminoso y deplorable vivir. Y aunque afligía su alma a causa de la conducta de sus moradores, como nos relata Pedro, sin embargo, se entusiasmaba con lo que éstas le ofrecían... tal vez un nivel social, cultural o económico... Y desde ese engañoso punto de vista, siempre sería mejor Sodoma y Gomorra que aquel menospreciado, solitario y agreste monte donde Abraham vivía.

Un cristiano así corre el riesgo de vivir tan deslumbrado por las luces de este mundo, que no se da cuenta de que su brillo se opaca  ante el refulgente resplandor de su Presencia. Y lo que es peor, su altar o no existe o está vacío...

Otra característica que resalta en el adorador es la siguiente: AMA  A  SU  HERMANO. Nuestra devoción al Señor se traduce  en una entrega de amor al hermano. En 1ª de Juan 4:21 leemos, a modo de imperativo, las palabras del apóstol:.. “ el que ama a Dios, ame también a su hermano”. Lo interesante en todo este capítulo es que no hay condiciones para amar. No se trata de bendecir al que merece, o de ayudar al que obedece. De ninguna manera, porque el amor de un adorador es el mismo que nos tuvo el Señor: nos amó siendo aún pecadores. El ayudó, enseñó y cubrió a sus discípulos siempre, en medio de los muchos errores y limitado entendimiento que tenían, habiéndole ellos negado y aun traicionado; con todo, Judas fue cuidado y atendido por el tierno amor del Señor.

Si  El nos ha llamado a ser santos como El es Santo: ¿puede acaso un adorador obrar de otra manera? NO,  ya que se nutre de la íntima comunión con Dios.

Abraham fue un claro ejemplo: cuentan las Escrituras que cuando oyó que Lot estaba en apuros, fue inmediatamente  a salvarlo ( Gn. 14: 14 a 16 ), arriesgando su propia vida y la de sus criados (¡trescientos dieciocho personas!), y rescatando a Lot que estaba prisionero. No sólo a él salvó, sino sus bienes, las mujeres, y demás gente.

La bendición fue amplia y no le reprochó nada a su sobrino, ni lo juzgó, ni tan siquiera le importó que en su momento hubiera elegido para sí mismo, sin mirar por el bienestar de su tío.

No sólo vemos el amor aquí, porque también el adorador es UN GUERRERO.

Sabe luchar por aquellos que están atados y  prisioneros, y  en Dios los liberta. ¡Qué vida extraordinariamente abundante lleva aquél que vive en el altar! Es que no puede ser de otra manera. Dios es todo en su vida: llena tanto su ser que él desaparece ante la gloria revelada del Señor y por lo tanto estima poco su propia vida. Sigue las pisadas del maestro, que no estimó el ser  igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó hasta morir (Fil. 2 : 5 a 8).

Pero hay más acerca del adorador...

En Génesis 18:16 se relata que Dios destruiría Sodoma y Gomorra a causa de su pecado. Al enterarse de esto Abraham, movido a misericordia, INTERCEDIÓ  insistentemente y  pidió por esas ciudades. Dice la Biblia que Dios oyó a Abraham y salvó a Lot que otra vez, “curiosamente”, estaba metido en problemas. El justificado siempre tiene algún conflicto, siempre hay que acudir en su ayuda. En ese nivel de niño espiritual más son las caídas que el firme andar. Es verdad que Lot afligía su alma por la nefanda conducta de sus vecinos (2ª Pe. 2:7 y 8)... aunque esto es lo mínimo que se espera de un creyente... Es normal que estemos afligidos, tristes al ver a este mundo en pecado, y nos horroricemos; pero el que ya es maduro está alcanzando la estatura de Cristo, al igual que Él, intercede por los suyos: “Si hubieren aunque sea diez justos... no destruyas la ciudad”, clamaba Abraham, ¡Qué parecido con el  Señor! Sentado a la diestra de Dios intercede por nosotros, sus hijos, que estamos en este mundo (Ro. 8 : 34 )... Lot no lo hizo así.

El justo Lot siempre necesita ayuda. Los ángeles venían a destruir la ciudad y le daban prisa a Lot para que se vaya de allí. El no se daba cuenta del serio peligro que estaba corriendo; más aún, dice la Biblia que se detenía. Tuvieron que tomarlo de la mano y sacarlo ellos mismos... Él no podía salir : ¡No se daba cuenta ! En ese nivel estamos más emparentados con el pecado que con la Santidad. No vemos bien, todavía nos gusta quedarnos en Sodoma. De alguna misteriosa manera nos atrae: por eso nos detenemos. ¡Cuidado! No sólo esto: en ese nivel se es desobediente (Gn.19:19-21): Luego de toda una perorata Lot les pide a los ángeles que en vez de dejarlo ir al monte (el lugar que Dios había escogido para él ), le permitieran ir a Zoar, pequeña ciudad que, según sus ojos, le salvaría la vida. ¿Cómo es posible que habiendo elegido antes equivocadamente, ahora no deje que el Señor lo guíe? Es posible porque aún no anda en el perfecto amor que echa fuera el temor. No ha sido perfeccionado en el amor. Tiene miedo y desconfianza. Todavía no cree que estando en el monte el Señor hará lo mejor para él, porque lo ama. No cree: sólo vive por vista.

En este nivel, la misericordia del Señor sigue soportando las desobediencias, aguardando con paciencia que crezcamos. Pero sepamos que a mayor crecimiento, menos cosas nos tolerará Dios. Ya no andaremos en continuas caídas: veremos el pecado, y nos apartaremos de Él.

 La cosa no termina allí...

Dice la Biblia (Gn. 19 : 30 ) que cuando Lot estuvo en Zoar (lugar elegido por él), tuvo miedo de quedarse allí. ¿Por qué, si en definitiva hizo lo que quiso? ¿Qué le pasó?...El justo Lot es un insatisfecho. Un creyente así nunca está lleno, su vida no está plena en el Señor. Jesús dijo que si de él bebiéramos no tendríamos sed jamás, sin embargo, el justificado, al llenarse de sí mismo, siempre está vacío. Lot terminó solo, en una cueva... Triste y pobre fue su vida. La Biblia dice que el que quiera ganar su vida la perderá y el que la pierda la hallará. Las leyes de Dios son diametralmente opuestas a las humanas.

Llegados a este punto será necesario reflexionar:  ¿Somos el justo Lot, o somos el amigo de Dios, Abraham?...

Es necesario que la iglesia descubra la hermosura de la Santidad de Jehová. No hay lugar más glorioso, más alto. Y si no lo descubrimos, el precio que tengamos que pagar nos parecerá muy alto y hasta diremos: ¡no vale la pena tanto! Cuántos hay que se cansaron de pagar el precio, cuántos que se fueron de la iglesia... ¡Qué pena! ¿Por qué? Porque no han descubierto al Señor en la intimidad de la adoración. Se mueven en el nivel del justo Lot, que no ama a Dios con todo su corazón y su mente y con todas sus fuerzas, y por lo tanto cree que paga un precio muy alto por servir a Jehová, cuando en realidad no lo hace.

Un adorador es como un mercader que busca buenas perlas, y habiendo hallado una, vende todo lo que tiene y la compra. No le importa venderlo todo, sabe por qué lo hace. Su énfasis no está en lo mucho que pierde, sino en aquella perla, preciosa perla de gran precio.

Dios quiere que le conozcamos, desea tener una íntima comunión con nosotros. Despertemos a amarle en profunda entrega y a exclamar como el salmista: “No hay para mi bien fuera de ti”. “Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado”.

También el Sal. 27: 4 dice: “ Una cosa he demandado a Jehová y esta buscaré, que esté yo en la casa de Jehová para contemplar su hermosura,  para inquirir en su templo”. Finalmente, el adorador AVERIGUA, INDAGA Y APRENDE  EN SU TEMPLO. No se aparta de ese lugar, no vive en forma independiente. No hay lugar mejor que la iglesia  para alcanzar este nivel de adoradores. Y allí llegaremos a ser hombres y mujeres maduros, equilibrados, prácticos, dando la vida con tal de hallar esa perla, porque aunque es de gran precio, eso es nada comparado con su hermosura.

¡Que el Señor nos ayude a descubrirlo así!  

                                                                                                                                                                                 Sara de Solís