Discipulado. 19 – El ministerio de la mujer (Daniel García)

Discipulado. 19 – El ministerio de la mujer

Daniel García

Discipulado. Lección 19

EL MINISTERIO DE LA MUJER

Hemos creído conveniente tratar este tema, porque muchas veces hemos visto que un mal enfoque del mismo resulta en conflictos en las iglesias que pueden ser evitados y que derivan o en un protagonismo exagerado de la mujer que causa daño, o en la anulación del ejercicio de lo que Dios ha dado a la mujer. Tanto en uno como en otro caso, la iglesia se ve perjudicada. Queremos decirle a los hermanos varones que el tema no es “cosa de mujeres” y por lo tanto los hombres podemos desentendernos, al contrario, somos responsables del lugar que damos a las hermanas en la congregación, a lo cual las Escrituras hacen referencias claras, de modo que es un tema que interesa a la iglesia toda. Partimos de la base de lo dicho en Gál. 3:28: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Es decir, que no hay diferencias entre hombre y mujer delante del Señor, en el sentido de que el hombre sea superior a la mujer o la mujer inferior al hombre, pero sí la Palabra hace ciertas diferencias que no tienen que ver con inferioridad o superioridad, sino con otras cuestiones. No desconocemos que la mujer, como “vaso más frágil”, ha sido discriminada y a veces esclavizada en tiempos primitivos y hoy mismo en culturas poco desarrolladas, siendo juntamente con los niños inocentes, muchas veces las víctimas de la opresión del hombre.

 

La cuestión del gobierno de la iglesia

Es aquí en donde hay una expresa veda, es decir, un área en que la mujer no debe acceder sino en forma excepcional. Dice en 1ª. Tim.:2:11: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. No permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio, pues Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión ”. Entendemos que no debemos interpretar este pasaje con dureza, como tampoco debiéramos hacerlo con ningún pasaje de la Palabra. En este sentido hay intérpretes tan estrictos que no permiten a la mujer orar o profetizar en la iglesia, siendo que Pablo lo menciona como cosa normal según encontramos en 1ª. Cor. 11:5. Por nuestra parte queremos decir que de ningún modo se refiere a que absolutamente no pueda enseñar, pues en tal caso tomándolo así no podría ni enseñar a sus hijos y sabemos que precisamente ese es el privilegio más grande que tienen las madres de criar a sus hijos en el temor del Señor. En un contexto más amplio, en Hech. 18:26 Priscila y Aquila, un matrimonio, toma aparte a Apolos que era un siervo del Señor muy elocuente y les exponen con más exactitud el camino del Señor. Creo que es tener prejuicios entender que el que le habló a Apolos era solamente el marido, pues ambos tomaron aparte a Apolos para hablarle. Lo que enseña fundamentalmente el texto, es que a la mujer no le está permitido “ejercer dominio sobre el hombre”, sino que su actitud es de “toda sujeción”. Si esto está claro en el corazón de la mujer, ella tendrá una gran libertad de parte del Señor para moverse también en la iglesia en áreas que tiene que ver con la enseñanza como la Escuela Dominical, horas felices, Seminario Bíblico, y aún eventualmente dar una palabra en la iglesia, aunque evidentemente este no sea el fuerte de la mujer. El porqué de no ejercer dominio sobre el hombre, lo explica Pablo diciendo que la mujer es la que fue tentada y no el hombre en primera instancia. Y no creo que esto sea algo con lo cual cargar de por vida, sino sencillamente da la razón por la cual la mujer no debe dirigir la iglesia porque está mucho más expuesta que el hombre a la tentación como para ocupar un lugar de liderazgo. De no haber sido así, Satanás hubiera tentado al hombre, pero encontró una puerta más fácil con la mujer. Nótese que esto no es mera especulación, sino la razón de la explicación que Pablo da y que entendemos tiene este sentido. Es interesante que los discípulos del Señor fueron todos varones y los apóstoles mencionados en el N.T. también. No es que ellos estuvieran más cerca del Señor que las mujeres pues vemos que había mujeres que le seguían y servían y vivieron episodios tan ricos como el de María, ungiendo los pies del Señor y secándolos con sus cabellos (Jn. 12:3-8), o María Magdalena descubriendo al Señor resucitado antes que los discípulos (Jn. 20:11-18), etc. Ellas también estaban en el aposento alto perseverando en oración, pero los que se levantan juntamente con Pedro en Pentecostés fueron los “once”. En el N.T. se habla de ancianos u obispos pero no de ancianas ni de mujeres obispos Cuando se trata de diáconos, sí se habla de diaconisas, pero es de notar que el diaconado no es un ministerio de gobierno. Queremos destacar que cuando hablamos de ministerios de gobierno, nos estamos refiriendo específicamente a los mencionados en Efe. 4:11-12 “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”…

 

Las posibilidades de la mujer en el ministerio

Por una parte, hay áreas que le son propias y casi exclusivas y que de no ser ocupadas por hermanas en la iglesia, redundará en mucha pérdida. Sin duda la más importante es la de criar a sus hijos. No solamente darlos a luz, sino de criarlos en el temor del Señor. Hendriksen dice algo así sobre la interpretación de 1ª. Tim. 2:15 “Pero se salvará engendrando hijos, si permanece en la fe, amor y santificación, con modestia.” Para él tiene esta significación: “…si las mujeres que son miembros de la iglesia permanecen en la fe, el amor y la santificación, entretanto que ejercitan el debido dominio de sí mismas y son prudentes, hallarán su gozo y salvación en llevar hijos para la gloria de Dios, sí, en todas las obligaciones y alegrías de la maternidad cristiana”. Pero hay otros aspectos en que las hermanas llevan la delantera, como son las obras de misericordia dentro de la iglesia y fuera de ella por dar solamente un ejemplo. Bendita la iglesia que tiene hermanas que toman esta tarea con toda responsabilidad y caridad. En realidad, la mujer tiene todas las posibilidades en el servicio excepto el ejercicio del gobierno de la iglesia y la de tomar autoridad sobre el hombre. .

 

La mujer casada

Queremos detenernos en el tema de la mujer casada, en razón de que hemos hallado la mayor parte de los problemas. A veces esposas de pastores o líderes con mucha madurez que no son escuchadas porque son “mujeres”. Otras veces, influyendo en maridos que toman la palabra de su mujer como “palabra santa”, y la quieren hacer prevalecer de una manera que trae inestabilidad en los acuerdos que los varones han logrado, ocasionando una crisis de grandes proporciones en la marcha de la obra, lo cual trae inseguridad y desalientos y a veces verdaderas divisiones. Queremos destacar que no existe la mujer ni el varón que tengan “palabra santa”, Aunque hay hermanos más maduros y respetados en sus criterios, sin embargo cada uno debe buscar la voluntad de Dios con diligencia y humildad y no creerse el depositario de toda la sabiduría del cielo.
Como verán, en ambos casos el lugar de la mujer no es de bendición para la iglesia, sea porque se ven privados de su consejo y participación o porque su participación anula el esfuerzo del acuerdo que a veces es muy difícil de lograr.
Creemos que la solución es que los acuerdos a que han llegado los varones sea respetado. El aporte que puedan hacer alguna de las esposas, debe ser presentado por el marido no como el pensamiento de la esposa, sino de ambos y por propia convicción. Si no la tiene lo dejará de lado para buscar al Señor por más luz. Cuidado con los maridos que no piensan ni buscan la voluntad de Dios y sólo se apoyan en sus esposas.
En todo caso será sumamente necesario que la hermana esposa del líder sepa sujetarse y respetar los acuerdos sin cuestionarlos por lo bajo, ni abiertamente, para no dañar la unidad del cuerpo, esperando una mejor oportunidad para que pueda aplicarse lo que ha compartido con su esposo.

 

Es importante siempre tener en cuenta la admonición del apóstol en 1ª. Cor. 1:10 “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y un mismo parecer”. Esto es de la mayor importancia para que el cuerpo de Cristo no sea dañado ni herido.

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