Los cinco puntos fundamentales – Jorge Pradas

INTRODUCCION

LA IDENTIDAD.- Es necesario saber quiénes somos como individuos y como Iglesia local. Proclamamos  la universalidad de la Iglesia, a partir de cada Iglesia local. Y cada una de estas es un ente con características propias, armonizando con las demás iglesias hasta llegar, por la obra soberana del Espíritu Santo, a la unanimidad de la totalidad de las iglesias en una expresión clara de una sola Iglesia universal.

Para eso hay que acudir a la identidad del Señor Jesús, el fundador indiscutible de la Iglesia. Su identidad la encontramos en la confesión de Pedro y de los demás discípulos: “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

Declarando, por revelación del Padre, la identidad del Señor Jesús, El nos señala nuestra propia identidad. Es por eso que, después de esta declaración, le dice a Simón hijo de Jonás: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”

La Iglesia no es abstracto, sino un cuerpo edificado en base a la identidad de Cristo, y a la de cada uno de los componentes de su cuerpo, cuya cabeza es el mismo Señor Jesucristo.

PUNTO 1: LA GLORIA DE DIOS

La iglesia es la parte de la creación que Dios ha constituido desde sus decretos soberanos, y que expresamente ha sido formada para la gloria de Dios, (leer el capítulo 43 de Isaías). Por lo tanto, conscientes de que somos la Iglesia, tenemos que vivir de acuerdo a ese dictado. Y para ello tomamos 1º Cor. 10:31 “Si coméis o bebéis o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”.

En este tema se incluyen otros sub-temas que indican las diversas funciones de la Iglesia, que son exclusivas de la gloria de Dios. Y con lo primero que nos encontramos es con la alabanza.

ALABANZA.- Es la manera elemental y primaria para que el pueblo del Señor le exprese su gloria. Este elemento no deja al creyente en ningún momento, pues persiste toda la eternidad.

La alabanza es un mandamiento, y por lo tanto no está sujeto a nuestros estados de ánimo o niveles espirituales. Debemos alabar a Dios porque “Todo lo que respira alabe a Jehová”. (Sal.150). A veces está hecha con sacrificio, pues la conciencia de nuestros pecados no confesados hace que resulte impracticable alabar al Señor. Pero hay que hacer fuerzas de debilidad y alabar a Dios cualquiera sea nuestra situación. Es el propósito de Dios que su pueblo le alabe: “Este pueblo he creado para mi, mis alabanzas publicará”. (Is. 43:21). “Y además debe poner gloria en la alabanza” (Sal. 66:2). La creación  que continuamente alaba a Dios no puede poner gloria en la alabanza. Por eso el Señor declara en su oración del capitulo 17 de Juan que la gloria de Dios está sobre la Iglesia, y que ésta, a su vez, se la tributa al Señor cuando le ofrece alabanzas.

ADORACION.- Esta también es una práctica de la Iglesia y del individuo que guarda relación íntima con la gloria de Dios.

A diferencia de la alabanza, la adoración no puede ofrecerse de cualquier manera. Y aunque también es un mandamiento, este está condicionado a la santificación del creyente y de la Iglesia.

La sangre de Cristo también nos santifica, pero la santificación se ha de vislumbrar a través de una vida santa.

Acercarnos a Dios para adorarle no es ir a los pies de Jesús cargados de pecados y arrojar esa basura junto a El. Adoración es ofrecer a Dios las cosas hermosas que El nos ha dado después de una transformación de nuestras vidas. Los magos cuando adoraron al niño Jesús le ofrecieron cosas preciosas, y no el nauseabundo hedor de los pecados.

La Adoración se ofrece en la conciencia de que nuestras faltas han sido lavadas en la sangre del Cordero, y a través de una vida que ha roto eternamente con el pecado.

ORACION.- La oración, para que sea para la gloria de Dios, tiene que ir incluida en la alabanza y la adoración, pues ella no es simplemente una petición, como generalmente pensamos. El modelo del “Padrenuestro” es una muestra indiscutible de lo que aseveramos.

Teniendo esto en cuenta podemos acercarnos a Dios con nuestras súplicas, procurando que éstas sean contestadas. Por eso no podemos “pedir mal, para gastar en nuestros deleites” (Sant. 4:3). Si pedir mal es tratar de conseguir cosas para nuestro provecho, pedir bien será pedir para el deleite y el gozo de Dios, teniendo en cuenta la intercesión a favor de nuestros hermanos y el prójimo en general.

La oración también es una consulta a Dios para pedir de acuerdo a su voluntad. (1º Juan 5:14).

EVANGELISMO.- Esta es una actividad que generalmente se pone en primer lugar, como si el principal quehacer de la Iglesia fuera la salvación de las lamas. Pero a pesar de que tengamos que romper ciertas estructuras, no podemos poner el evangelismo antes de la práctica de nuestro ministerio sacerdotal que es, en primer lugar, ministrar al Señor en un culto personal y público que proclama indiscutiblemente su gloria.

Además de esto, el evangelismo debe responder a la motivación de la gloria de Dios, teniendo que la consecuencia de esta causa es la salvación del pobre pecador.

En Ezq. 36:22 y 32 la Escritura nos saca de dudas la declarar el propio Señor: “No lo hago por vosotros, sino a causa de mi santo nombre”. Sin querer ser reiterativos nos remitimos nuevamente a Isaías 43. y por si esto fuera poco el Salmo 23 dice: “Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre”.

Predicamos el evangelio por orden del Señor, y primeramente para su propia gloria. En segundo lugar las almas se salvan.

Esto no es disminuir el amor hacia nuestros semejantes, sino intentar quitar el humanismo que se ha infiltrado en algunos sermones evangelísticos. Predicamos por amor del nombre de Dios, porque queremos amar al hombre, no con nuestro amor, sino con el amor de Dios.

SEÑALES Y MILAGROS
.- Los discípulos, en Hech. 4:29-30, claman por señales y milagros para que confirmen la palabra predicada. Este hecho ha de impulsar nuestra visión a clamar al Señor para que esto suceda en nuestros días en la Iglesia, deseando que sean milagros y maravillas auténticos. Creemos firmemente en la vigencia de los milagros neotestamentarios y escriturales en general y en su totalidad; pero desechemos toda forma espectacular y forzada de ilusiones que no son producto de la fe.

Además, la mirada hay que ponerla en el autor de los milagros que es “el autor y consumador de la fe”, (Heb. 12:1). Hay que hacer un esfuerzo tremendo, cuando los milagros suceden, para no desviarse de la visión de la gloria de Dios. Los milagros son manifestaciones de la gloria de Dios. Pero la gloria de Dios propiamente dicha es algo inherente a su persona, y que forma parte de Dios mismo.

La Escritura es bien clara; “Las señales seguirán”. (Marc.16:17). Es decir, vendrán atrás. Y esto nos habla de que no tenemos que poner la mirada en sus maravillas, puesto que el Señor mismo dijo que “el que pone la mano en el arado y mira atrás no es apto para el reino de Dios”. (Luc.9:62).

La Iglesia que avanza es la Iglesia que mira al Señor de una manera total y exclusiva.

PUNTO 2: EL CONOCIMIENTO DE DIOS

El Señor mismo dice en sus propias palabras que el que cree en El tiene vida eterna (Juan 6:47). Nos gozamos en saber esto. Pero no solamente debemos pensar en la infinidad de la vida eterna, como acostumbramos a hacer. El tener vida eterna nos da seguridad de que la salvación no se pierde, y al mismo tiempo nos asegura vida sin fin. Pero hay un texto que no usamos mucho, y que se refiere a la vida eterna, el cual sintetiza lo que ella es. Este texto se encuentra en Juan 17:3 “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti el único Dios verdadero y a Jesucristo al cual has enviado”.

Resumimos con lo dicho que la vida eterna que hemos obtenido por la fe en Jesucristo consiste en conocer a Dios.

Después de haberle dado gloria, conociéndolo apenas, ahora le daremos mayor gloria, por cuanto lo vamos a conocer.

El conocimiento de Dios se adquiere de las siguientes maneras.

CONOCIMIENTO ESPIRITUAL E ÍNTIMO.- Este es el conocimiento por el cual conocieron a Dios los primitivos cristianos. Las Escrituras necesitaban completarse con las del Nuevo Testamento, por lo cual el conocimiento de Dios tenía abierta la vía del contacto personal y espiritual con Cristo a través del Espíritu Santo. Esto, que es sumamente bueno y aconsejable, llegó a ser altamente perjudicial, por desviaciones en muchos casos, hasta que las Escrituras fueron completadas con el Nuevo Testamento.

El contacto personal y espiritual así desviado fue denominado “gnosticismo”, y hubo una crisis de conocimiento de Dios, que al no poder ser controlado por una regla escrita desembocó en un falso conocimiento.

Hoy tenemos las Sagradas Escrituras con las que podemos comprobar si nuestro conocimiento personal y espiritual de Dios es correcto.

Por lo tanto: la posición que adoptamos frente al necesario conocimiento de Dios, que en esto consiste la vida eterna, es que debemos procurar conocerle personal, íntima y espiritualmente por el camino de la oración y la búsqueda incesante de su persona. Peor cuidado de no caer en una zona espiritual, en la que cayeron los gnósticos, que no era terreno de Dios.

CONOCIMIENTO ESCRITURAL E INTELECTUAL.- Estamos en una posición mejor que la de los primeros cristianos. Hoy tenemos las Escrituras completadas. Y todo lo que Dios quiere que conozcamos acerca de su persona está delimitado por las Sagradas Escrituras.

Todas las herejías que pueden introducirse en la Iglesia obedecen al desconocimiento, o a la mala interpretación de las Sagradas Escrituras, por lo cual conviene estudiar la Biblia constantemente, pues el desconocimiento de ella nos impide el conocimiento de Dios.

Las dos formas de conocimiento siempre van juntas y no vamos a conocer a Dios con una sola de las modalidades que estamos exponiendo. El Señor fue claro cuando dijo a los saduceos que “erraban porque no conocían las Escrituras ni el poder de Dios”. (Mar. 12:24).

El estudio de la Biblia siempre estará controlando el conociendo personal, para evitar falsedades que pudieran introducirse en la práctica de nuestro contacto espiritual con Dios.

CONOCIMIENTO PROGRESIVO.- Este conocimiento forma parte de las dos formas que hemos descripto, y descansa en 1º Juan 1:1 “Lo que era desde el principio; lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos tocante al verbo de vida”.

Es por este orden que llegaremos a conocer a Dios. Un conocimiento que empieza por el oír. Es indispensable oír la palabra para conocer a Dios. Y de ahí empieza la progresión en el conocimiento, que nos lleva a considerar el proceso del mismo, desembocando en los estados de relación que podemos llegar a tener con Dios.

1) PROCESO.- Como hemos dicho: primero oímos, después lo vemos: es cuando entramos en el contacto espiritual con El. Luego lo contemplamos en un contacto más íntimo. Y por último llegamos a tocarlo con nuestras manos. Todo en un sentido espiritual y profundo. De todos modos este proceso siempre va acompañado por el arbitraje de las Sagradas Escrituras.

2) ESTADOS DE RELACION.- El proceso se consolida con los estados de relación que, en el contacto espiritual y escritural, se ponen de manifiesto. Esto lo hemos descrito en el libroCONGREGADOS PARA DARLE GLORIA, por lo cual vamos a sintetizar solamente:

a) Hijos de Dios.

b) Discípulos del Señor.

c) Siervos de Cristo.

d) Amigos del Señor Jesús.

e) Amados de Cristo.

Por todo lo dicho aseguramos que podemos llegar a la más profunda intimidad con el Señor, teniendo siempre en cuanta que somos la Iglesia de Cristo. Es decir, no el individuo, sino el conjunto del pueblo de Dios. Para no entrar en el orgullo espiritual, es indispensable saber que toda relación íntima con Cristo la debemos tener como Iglesia  y no como individuos en particular aun cuando nos encerramos en nuestras cámaras secretas.

PUNTO 3: LA IDENTIFICACION CON DIOS

En la identificación también encontramos varias formas o áreas de la misma que son.

EL BAUTISMO EN AGUA.- Creemos que es más que un símbolo, creemos que tiene poder limpiador en sí mismo, y que es un medio de identificación, deseado en primer lugar por Pablo, (Fil. 3:10); y proclamando por Pedro (1º Pedro 2:21); y el que encontramos en los evangelios, establecido por el Señor Jesús, cuando pone como indispensable el llevar la cruz cada día y seguirle. Y esta enseñanza está anunciada por Isaías en su memorable capítulo 53.

En resumen, la identificación con Cristo comienza con el quebranto, hasta llegar a ser experimentado en él, como Jesús lo fue. Un creyente que no es quebrantado es un creyente insensible. Para ser sensible a la presencia de Dios, es necesario tener quebrantado el corazón. Sin llevar la cruz cada día no se puede llegar a conocer el dolor de la muerte de Cristo. Y sin ese dolor no podemos amar al prójimo como Jesús ama. Por otro lado, el quebrantamiento de corazón nos hace sensibles también al pecado para huir de él.

El mismo bautismo en agua es el que trae consigo el elemento de la nueva vida de resurrección, que es ser identificado con Cristo en su estado de exaltación. “Si participamos de sus aflicciones en el presente, no es de comparar con la gloria venidera que ha de ser manifestada. (Rom. 8:18).

EL BAUTISMO EN EL ESPIRITU SANTO Y FUEGO.- Entendemos que este es un solo bautismo, anunciado por Juan  el Bautista (Luc. 3:16), y también por el mismo Señor en el momento de ascender al cielo. (Hech. 1:18).

Esta es una experiencia indispensable para la identificación con Cristo en su poder. Sin este bautismo no se pueden obrar maravillas por medio de nosotros.

De paso apuntamos que al ir unido el bautismo en el Espíritu  Santo con el de fuego no da lugar a que se reciba sin el hablar en lenguas. En Hechos 2, cuando descendió el Espíritu Santo, también descendieron lenguas como de fuego para que se cumpliese lo profetizado por Juan el Bautista. Además, las lenguas son el elemento de poder purificador que edifica nuestra vida individual. (1Cor. 14:4). Ellas son indispensables para que los milagros que Dios haga por medio del creyente puedan atribuirse al poder de Dios y no a habilidades de los hombres.

No queremos polemizar con los que dicen que el bautismo en el Espíritu Santo se puede recibir sin las lenguas. Pero insistimos en que se consideren las lenguas en el bautismo de fuego que entendemos es uno solo con el primero.

LA CENA DEL SEÑOR.- en el capítulo 6 de Juan tenemos la explicación más elocuente de lo que es la cena del Señor. Es el comer la carne y beber la sangre de Cristo. Creemos en la permanencia del pan y del vino en la consumación del acto sacramental; pero entendemos que por la acción de la fe, estamos comiendo la carne de Cristo y bebiendo su sangre; porque las palabras que el Señor Jesús habla en ese capitulo “son espíritu y son vida” (ver.63).

El comer su sangre y beber su sangre no es participar de un acto litúrgico, sino que cristo lo recomienda para poder tener plena identificación con El. Tanto la cena del Señor como el bautismo son administrados por la Iglesia, la soberanía de Dios, que invita a hacerlo.

LA SANTIFICACION Y LA SANTIDAD.- La santificación es el camino que conduce a la santidad, y ambas perfecciones pertenecen a la identificación que debemos tener con el Señor.

La identificación, siendo un camino, es un proceso por el cual, de una manera inexplicable, también pasó el Señor, siendo prefecto, Santo y Todopoderoso. Pero las Escrituras nos dicen en Heb. 2:10, 5:9, que fue perfeccionado por aflicciones y padecimientos.

Sin embargo, debemos notar que ese perfeccionamiento no incluía el desalojo del pecado, pues EL había sido concebido sin pecado. El perfeccionamiento consistía en ir manifestando día a día sus virtudes y su gloria.

Así es la santificación. Consiste de dos partes, una negativa y otra positiva.

1) La negativa es la desaparición del pecado, o el triunfo sobre el pecado, que al mismo tiempo no es un proceso, sino un cambio total desde el día en que hemos nacido de nuevo. Así como el Señor fue concebido sin pecado, en nuestro nacimiento del agua y del espíritu, también hemos sido concebidos no por voluntad de varón sino de Dios. (Jn. 1:13). Y por lo tanto el pecado ha desaparecido, por lo cual no es un proceso.

2) La segunda parte es positiva, y se asemeja también a Cristo, por cuanto consiste en ir mostrando sus virtudes y su gloria.

Todo esto lo vemos bien en la lectura detenida de Colosenses 3, donde se nos exhorta a terminar con lo terrenal que es el pecado que, inexplicablemente, todavía mora en nosotros por no haber tomado una actitud de fe, acerca de que hemos sido nacidos a la justicia y no al pecado. El triunfo sobre el pecado consiste en creer firmemente en 1º Juan 3:9, donde dice que el que ha nacido de Dios no puede pecar.

En Colosenses 3 se delimita bien lo que es la parte negativa de la santificación, triunfando sobre el pecado; y lo que es la parte positiva, donde se  nos dice que vistamos con el con el ropaje de las virtudes de Jesús, que incluye en una forma preponderante el amor: “Y sobre todas estas cosas vestíos de amor que es el vínculo perfecto”. (ver. 14). De donde deducimos que la identificación con la santidad de Dios es la identificación en santidad y amor, es decir que ambas perfecciones van juntas. Y cuando la Biblia dice: “Sed santos, porque yo soy santo”. (1º Pedro 1:16), quiere decir, no solamente que dejemos de pecar, sino que obremos las obras de Dios cubiertos con el manto de su amor.

PUNTO 4: LAS RELACIONES FRATERNALES

Hasta aquí todos los puntos han sido enfocados en base a nuestra relación con Dios. Pero también está escrito en la Biblia que “el que ama a Dios, ame también a su hermano”. (1º Juan 4:21). Si nuestra relación con Dios es correcta, ella se ha de reflejar en las relaciones con nuestros hermanos. Y este es un tema fundamental, pues es un mandamiento de Dios indicado en el Antiguo Testamento, corregido y aumentado por el Señor Jesús en el Nuevo.

Así que nuestra relación con nuestros hermanos debe ser una relación de amor.

El mandamiento del Señor en la capitulo 13 de Juan, con respecto al amor que debemos tenernos los unos a los otros es: “como yo os he mandado” (ver. 31). Y aquí es donde nuestro amor propio se rebela. El amor de Jesús para con nosotros fue que “siendo rico se hizo pobre, para que nosotros con su pobreza fuésemos enriquecidos”. (2º Cor. 8:9). “Se despojó a sí mismo tomando forma de siervo” (Fil. 2:7).

Pablo lo entiende de esta manera cuando dice: “Ninguno busque su propio bien; sino el del otro” (1º Cor. 10:33).

Todo esto tiene una tremenda conclusión al decir Juan: “En esto consiste el amor, en que Cristo puso su vida por nosotros; nosotros también debemos poner nuestra vida por nuestros hermanos”. (1º Juan 3:16).

Las relaciones fraternales no son protocolares ni superficiales, sino profundas como el amor de Dios.

De ahí obtenemos lo indispensable para que el mundo crea: LA UNIDAD DE LA IGLESIA, que no se nutre de concilios ni congresos, sino de este amor, que si no nos lo profesamos venimos a ser “como metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1º Cor. 13:1).

Si todo lo dicho en los puntos anteriores no se refleja en este punto nº 4, de nada nos sirve lo anterior, pues habremos cometido el error de no conocer a Cristo en los hermanos.

Una lectura detenida del juicio de las naciones en Mateo 25 nos dará luz para no disociar jamás a Cristo de nuestros semejantes, a los cuales, no nos cansamos de decirlo, tenemos que mar más que a nosotros mismos.

PUNTO 5: LA IGLESIA

 En los últimos veinte años ha cundido mucho la idea de la universalidad de la Iglesia, en juicio de la Iglesia local, extendiendo a esta última a puntos municipales, que está en franca oposición con lo que tenemos en la realidad en nuestros días. Hay un municipio de 20.000 habitantes que tiene 35 iglesias de diferentes denominaciones.

Ignoramos lo que Dios hará en el futuro; pero en la revelación que tenemos del Señor, no se incluye la modificación  o la desaparición de las denominaciones y la unificación uniformada de la iglesia en una localidad. Entendemos como Iglesia local cada una de las que ya están establecidas y que puedan establecerse, y que respondan a su propia denominación. Respetamos esto. Lo que nos preocupa es la falta de amor y comunión espiritual entre ellas.

Donde hay dos o tres congregados en el nombre de Jesús, allí está El, (Mat. 18:20). Y el lugar de estar el Señor es su Iglesia. Por lo que entendemos que una Iglesia local es cualquiera de los lugares en que los hermanos se reúnen en el nombre del Señor.

Creemos que estos lugares deben tener un pastor, pero si momentáneamente no lo hay, no deja de ser la Iglesia del Señor.

Ha habido momentos de tal menosprecio de estos lugares que se les han dado nombres para ridiculizarlos. Entendemos que un lugar en donde está el Señor presidiendo la reunión, debe tener el nombre más alto. Y aquí en la tierra no hay nombre más alto para un lugar que el nombre de Iglesia.

Pablo cuando se refiere a la Iglesia local de Efeso la llama: “casa de Dios que es la Iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”. (1º Tim. 3:15). A las reuniones caseras también se las denomina: “la Iglesia que está en su casa” (Rom. 16:5; Col. 4:15).

La experiencia nos ha enseñado que cuando no se toma conciencia de que la congregación en la que estamos es la Iglesia, y nos consideramos un grupo, y no “la columna y apoyo de la verdad”, ese grupo es probable que desaparezca. Pero cuando lo hermanos se reúnen en el nombre del Señor, y toman conciencia de que son la Iglesia de Cristo, ese grupo permanece, no se hunde jamás y glorifica a Dios aquí y sigue en la eternidad.

El hablar de la localidad de la Iglesia no nubla la visión de su universalidad. Y quienes tienen conciencia de que son la Iglesia, saben que deben tener una proyección universal, tomando a pecho la comisión de ir hasta lo último de la tierra, no solamente a predicar el evangelio, sino a establecer iglesias en toda la extensión del mundo.

CONCLUSION

Estos cinco puntos que hemos denominado fundamentales, y que pertenecen a la visión que Dios nos ha dado para nuestra identidad como Iglesia; no forman un circulo cerrado,  sino que es un circulo abierto para ir recibiendo cada día una mayor revelación que servirá para enriquecer la visión que hemos expuesto, y para rechazar aquello que tienda a empobrecerlo, o se incline a cualquier desviación.

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